El laboratorio

POR: ARTURO LORUSSO. Comienzos de 2011 

Ya se entraba en la fase final.

Los preparativos habían durado cerca de un año y medio.

Precisamente, comenzaron el 23 de octubre del 2007 con el propósito de estar en condiciones, en dos años, de detener la electricidad, cargar los corpúsculos y reanudar el flujo eléctrico por los canales ya establecidos, hasta la planta de detención, en la que debían ser descargados.

Desde que se inició el proceso se tejieron las más extraordinarias especulaciones y la doctora Alicia Ordóñez no desalentó ninguna.

La electricidad, como vehículo de transportación, tenía una velocidad inferior a la de la luz; y se buscó y se encontró, el conductor con el filtro apropiado para realizar algunos pequeños experimentos en laboratorio, con resultado positivo.

Sin embargo quedó mucho por hacer, ya que el propósito era detener el movimiento relativo de los corpúsculos a cero y estudiar su estructura y las posibilidades que podían éstos ofrecer como sillares.

Desde hacía veinte años no se habían logrado adelantos significativos que permitieran seguir avanzando en la teoría presentada por la doctora.

Hasta que dieciocho meses atrás Silas había experimentado con un cable hecho con una mezcla de cristales y limaduras de hierro, que contenía pequeños cilindros de plomo, imanes polarizados de cerecita, celdillas de vacío absoluto, y oro, dispuestos en forma alternada y en un orden, desconocido por la comunidad científica, que había logrado reducir el flujo de la electricidad continua a una velocidad de 3.584 metros por hora.

Lo que equivalía, poco mas poco menos, al proporcionado paso del hombre.

Lo primero que se había observado había sido el ensanchamiento del cable conductor, que de tener 18 cm de diámetro, al comenzar el experimento, había concluido teniendo un diámetro de 180 cm, luego de una hora de actividad, en una extensión que unía el laboratorio de Mendoza, por debajo del océano Pacífico, con el laboratorio de la isla de Pascua, alejada de la costa de Chile.

La disposición de la estructura molecular del cable había sufrido un nuevo ordenamiento en los elementos que lo componían, pero conservaba éste las propiedades desaceleradoras iniciales; más aún, éstas habían aumentado, y el cambio no había provocado ninguna falla o rotura en ningún tramo del tendido submarino.

Claro que la electricidad recibida, si así se la podía llamar, apenas movía las agujas del sofisticado tester del físico doctor Van Doren en el laboratorio de la Isla.

Lo que no había trascendido entonces, pues se guardó un secreto absoluto de lo sucedido para evitar la desestructuración en masa de las creencias sociales, fue la asombrosa observación que el agrupo allegado al profesor Silas había realizado de los corpúsculos, y de las imágenes de los registros filmográficos que quedaron del experimento.

Los resultados observados obligaron al cambio inmediato de las expectativas iniciales del grupo.

Y el equipo entero se vio en la necesidad urgente de reconsiderar las interpretaciones y los desarrollos teóricos que habían sido llevados adelante desde los postulados de la Relatividad de Einstein.

Ya no vieron a la luz como límite de la velocidad, ni tampoco como un servicio público, útil para la lectura nocturna, o para el funcionamiento del microscopio nuclear, o para la cavilación del crimen en los solitarios despachos gubernamentales.

Ni como Luz que debía ser pagada puntualmente, cada dos meses, para evitar su corte.

Y llegó el día esperado.

Desde temprano el personal del laboratorio se había estado ocupando de poner orden y de limpiar con esmero el ámbito de trabajo. Se había preparado una cámara vidriada con dos cómodos sillones; una pequeña mesa entre los sillones, con una jarra de agua y dos vasos y unas pastillas de sal en un plato.

Se había instalado también un sistema de ventilación y de sonido que podían ser controlados desde los paneles exteriores.

En una de las paredes de la cámara dos operarios daban término a la instalación de un tomacorriente. En la pared opuesta, aún sin terminar la instalación, se veía el grueso extremo del cable inventado por el profesor, cuyo tendido, esta vez, venía desde Valparaíso cruzando por la cordillera a través de Punta de Vacas, hasta el laboratorio en Chacras de Coria.

A las 10 en punto de la mañana llegó el profesor y saludó con un ademán de su mano derecha y con un estremecedor ¡buenos días a todos!, comprobando de esta manera que el sistema de sonido funcionaba bien dentro de la cámara, pues los operarios levantaron la vista sonriendo.

Luego, dirigiéndose hacia la doctora Ordóñez le alcanzó unos papeles y le preguntó:

  • ¿Cómo sigue la gripe de tu hijo?

La doctora era una mujer de piel cetrina que solía reír permanentemente en total silencio, expresando sus emociones con los ojos. Con una breve sonrisa contestó:

  • Está mejor. Con un poco de mimos y un día más de cama estará de nuevo con ganas de ir al colegio.
  • ¿Tenemos todo preparado? preguntó el profesor, mirando a su alrededor.
  • Sí, tenemos tiempo de tomar un café y fumarnos un cigarrillo. La comunicación con Valparaíso es permanente desde ayer, y por Moebiusnet estamos en contacto con todos los nuestros en el mundo –informó la doctora, que sabía que en los papeles recibidos quedaban las últimas instrucciones que el profesor esperaba fueran evaluadas y, eventualmente, seguidas por su comunidad científica.
  • Es la despedida.
  • ¿Y vos cómo estás? ¿Tranquila? –pregunta interesado el profesor intentando no hacer mayor caso a sus propias preocupaciones.
  • ¿Sabes que éste es sólo el comienzo, Alicia, que habrá mucho que hacer y explicar? Y evitar a toda costa que esta ciencia caiga en manos de comerciantes.

La doctora Ordóñez amaba la forma en que el profesor llegaba a ella y respondió con un movimiento afirmativo de su cabeza.

  • Afortunadamente ya no contamos con la permanente negativa de los grupos religiosos que asolaron el planeta en estos últimos 6000 años. –prosigue el profesor–. Hemos venido escalando en comprensión acerca de nuestro origen y de nuestro destino. Hemos ganado confianza en la vida.
  • Aún quedan, aunque no creo que duren muchos años, algunos bolsones de megalómanos del poder y del culto a lo personal.
  • Pero ya no estamos en peligro. Marchamos a nuestros destinos conscientes de los procesos y por las vías que convienen –completa, buscando no dejar ninguna preocupación en su amiga con su partida.
  • ¿No le falta azúcar a tu café? –pregunta el profesor haciendo un giro en el tema de conversación.
  • No, el mío está un poco frío –la doctora tampoco quiere importunarlo con cuestiones personales.
  • ¿Hay algo que quieras decir o preguntar antes de que comencemos con el experimento? –pregunta el profesor, atendiendo con su mirada a la entrada al laboratorio del pequeño grupo elegido de testigos invitados a la experiencia.

El ingeniero Luigi Salvioni, de Milano; el dr. Pompei, de Argentina; el lic. Zuckerbrot, de Alemania; el escritor Ernesto De Casas, de España; el pintor Osvaldo Salazar, también de España y la profesora María José Frías, de Centro América.

  • No, estamos preparados –contesta la doctora Ordoñez.
  • Pues, manos a la obra – ordena Silas.

A una señal de la doctora cada uno ocupa su puesto, se atenúan las luces y se hace un silencio de 5 minutos, en el que cada asistente lleva hasta los límites exteriores de su cuerpo la atención de sus registros y, aún más allá.

En el laboratorio sólo se escucha el operar de las computadoras, de la respiración y de los pasos que se dirigen a la cámara de cristal.

El profesor Silas ingresa en ella y se sienta cómodamente en uno de los sillones.

Alza su mano derecha y, mostrando tres de sus dedos en alto, da la señal del comienzo a la experiencia.

El operador, que ha ido registrando todo lo que viene sucediendo, da señal al Dr. Van Doren que aguarda en Valparaíso y observa por Moebiusnet los pasos seguidos en Chacras de Coria.

Van Doren, siguiendo las instrucciones recibidas, va desarrollando los pasos uno a uno, tal y como se han establecido.

Enciende la fuente de energía y produce una descarga eléctrica de no más de una décima de segundo.

El profesor Silas que se ha puesto de pie, frente a la ya concluida instalación del cable desacelerador, aferra con su mano el extremo del cable y comprueba cómo éste va ganando en tamaño hasta convertirse en un pequeño túnel oscuro, del que nada fluye, y en el que mantiene su mano apoyada haciendo de resistencia.

Todo está tranquilo en el laboratorio, no hay inquietud alguna.

Sólo la atención de lo que está sucediendo produce un flujo y reflujo de marea en movimiento.

Apenas perceptible al distraído.

Desde todos los rincones del laboratorio se escuchan unos pasos débiles que van ganando en intensidad a medida que se acercan a la salida del túnel.

Un hombre desnudo, joven, de no más de veinte años, que ha descendido de un corpúsculo de cristal de roca, aparece con los brazos y las piernas abiertas apoyadas en el perímetro del túnel, haciendo recordar a la figura dibujada por Da Vinci.

Símbolo de la proporción humana.

De la mano del profesor Silas, y con una mirada de entendimiento, se sientan en los cómodos sillones y se escucha la voz del recién llegado que saluda:

  • Bienvenido profesor Silas, al fin han llegado a Nosotros.
  • ¿Cómo está? ¿Lo ha afectado la desaceleración? –pregunta cortés el profesor.
  • No querido amigo, simplemente hemos cambiado de plano.
  • En cuanto terminemos de intercambiar información seguiremos en la corriente hacia la luz –prosigue el visitante.
  • ¿Cree conveniente dar a conocer estos hechos a la comunidad científica y a los medios, para que la gente sea informada? –pregunta el viajero.
  • Silas no contesta enseguida.
  • No –responde finalmente–. Hemos estado difundiendo estas enseñanzas en formas algunas veces demasiado alegóricas y no hemos logrado el eco esperado.
  • Pienso que con esta nueva técnica podremos enviar a algunos miembros de nuestra comunidad hacia la luz y esperar su regreso, para que con la claridad de conocimiento que da la experiencia, vayan produciendo los cambios que se necesitarán para emprender esta nueva etapa en la evolución –reflexiona el profesor.
  • ¿Tiene alguna pregunta que quiera hacer antes de emprender el viaje, profesor? –demanda el joven desnudo y se sirve un vaso de agua en el que disuelve una pequeña pastilla de sal que bebe despacio.

Silas permanece en silencio.

  • Usted supo que debemos mantener el nivel justo de salinidad para facilitar la operatoria –afirma sonriendo el viajero–. Resultó correcta su conclusión, profesor.

Y sin esperar respuesta continúa:

  • Debe estar claro para todos ustedes que esto del generador y el cable es sólo una de las vías. Y, permítame agregar, relativamente reciente ya que la producción eléctrica, por medios mecánicos, es conocida desde no hace más de 180 años. De todas maneras, una vía explica todas las vías. Lo más importante es que se entienda que la velocidad del movimiento nos lleva a la luz y allí nos reciclamos. Como los mares y las lluvias. No tengo, querido Profesor mucho más que decirles. Salvo que, como luz, iluminamos con verdadero amor aquello que se desarrolla y crece. En cuanto a mí, ustedes deben saber que, en el viaje, yo y quienes estamos en el cable, somos viajeros, y en la luz, ¡la luz!

El desnudo hace silencio y el viejo Profesor va dejando prenda tras prenda de su vestimenta sobre el sillón que ha estado ocupando.

Silas disuelve la otra pastilla de sal en el agua y bebe.

Y, sin protocolo alguno, saluda a los presentes con la mirada más clara que le han conocido.

Ingresa al ducto con el recién llegado, no sin antes tomar con su mano el extremo del prolongador que los operarios han dejado enchufado en el tomacorriente de la pared opuesta.

Ninguno de los presentes está sentado.

Cada uno sigue ocupando su puesto de pie en el lugar asignado.

La doctora Ordóñez, visiblemente emocionada, da la señal para que se transmita a Valparaíso la orden de reconexión del flujo eléctrico.

Todos los aparatos de desaceleración han sido apagados.

El extremo del cable desacelerador ha vuelto a su tamaño inicial y se encuentra unido al prolongador que se empalma a la red eléctrica.

La cámara vidriada está vacía y sólo la ropa, cuidadosamente doblada y limpia, ha quedado sobre el sillón blanco que ocupaba el profesor.

La doctora ojea el manuscrito que Silas ha dejado en sus manos, hace las fotocopias necesarias y entrega un juego de ellas a cada invitado.

Todos se miran. No son necesarias las palabras.

Sólo el escritor De Casas ríe y hace chistes. Suele disfrazar sus emociones…

Se despiden y fijan una nueva reunión para el mes siguiente para evaluar e intercambiar sus puntos de vista sobre el contenido del material dejado por el profesor.

Se hace la tarde.

La doctora Ordóñez sube a su auto y recorre los caminos ondulados de la precordillera hasta su casa.

Su hijo, en la habitación, la saluda y le dice que ya ha comido.

Ella pregunta:

  • ¿Cómo te sientes? ¿Irás mañana al colegio?
  • Sí –contesta el niño.
  • Bueno, pues entonces conviene que te duermas temprano.

El niño nota en los movimientos, en la mirada y en la ternura de la voz de su madre, que a nada dirá que no y se atreve a pedirle:

  • Bueno, pero léeme algo antes de dormirme.

La madre le sonríe, enciende la luz y le pregunta:

  • ¿Qué quieres que te lea?

El niño la mira con atención y le pide:

  • Léeme la hormiguita viajera.

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